Columna de opinión: La educación integral al debe. Incertidumbre en medio de una pandemia que abre nuevas barreras

Columna de opinión: La educación integral al debe. Incertidumbre en medio de una pandemia que abre nuevas barreras

“Llega el ocaso y el gran astro desciende corriendo entre los enormes montones de arena que forman lo que llamamos, Sierra.” Esa es la primera frase del cuento en cien palabras que a fines del 2019 escribió Christopher, pequeño habitante de Sierra Gorda, una localidad emplazada entre las áridos kilómetros que cubren el camino entre Antofagasta y Calama, en la Segunda Región de nuestro país.

En su relato llamado “El eterno rondín”, Christopher nos lleva a un viaje por su realidad: “…y al llegar las 3, en el pueblo aflora un suave y a la vez intenso aroma a azufre, porque es ahí y sólo ahí donde él ronda, con su rojo andar”, haciendo referencia al sol como un eterno visitante que, siempre a la misma hora, se deja caer sin miramientos ni demoras, dando a Christopher y a todos los niños y niñas que viven en las comunidades más desérticas, una oportunidad de soñar e imaginar hasta al más intenso calor como un amigo entrañable, que cumple con visitarles día a día.

Hoy sabemos que ni Christopher, ni ningún otro soñador o soñadora del mundo entero, aun en sus imaginarios más recónditos, pensaron nunca estar viviendo esta pandemia, que nos recluye en cuarentenas obligatorias o voluntarias. Ambos adjetivos antónimos entre sí y, lamentablemente, no es lo único contradictorio que se ha develado a la luz de nuestra realidad actual y las decisiones sociopolíticas que se han tomado al respecto.

El COVID-19, declarado pandemia por la OMS, no sólo nos ha enfrentado al contagio de millones y la muerte de decenas de miles, si no que también nos ha puesto a prueba en todos los ámbitos de la vida: socioeconómicos, emocionales, culturales y educativos, entre muchísimos otros. Respecto del último, alrededor del mundo y casi transversalmente se ha tomado la decisión de continuar con los programas educativos formales de manera remota u “online”, siendo ésta la única modalidad u opción entregada a millones de familias y comunidades escolares, que hoy se ven enfrentadas a algo que nunca antes han hecho: profesores y profesoras intentando contar con un método de enseñanza a distancia; madres, padres y cuidadores/as colapsados tratando de resolver guías de estudio con sus hijes mientras hacen malabares para cumplir con sus respectivos trabajos que, en el mejor de los casos, también están realizando en forma remota; y finalmente, una autoridad que parece tomar decisiones que desconocen la realidad de muchas localidades de nuestro país, segregando una vez más a algunos sectores.

¿Cuáles son las posibilidades reales de buena conexión a Internet para un niño en una comunidad como Camar o Talabre, al interior de San Pedro de Atacama? ¿Cuántas niñas cuentan con un computador domiciliario en Caleta Tortel? ¿Poseen los y las estudiantes de La Pintana una impresora –o acceso a ella- para cumplir con la realización de las guías de actividades que envían diariamente sus profesores/as?

A las respuestas de las preguntas planteadas anteriormente, debemos sumar las herramientas socioculturales  de esos y esas cuidadoras ¿están capacitados para apoyar a sus hijes en las más de 10 materias curriculares de sus respectivos colegios?. O bien podemos saltear esta cazuela con el condimento de la infraestructura: ¿es la hacinación que viven las 77 mil familias del quintil más bajo de ingresos del país, el mejor escenario para recibir la educación formal que desea continuar entregando el MINEDUC? Podríamos continuar el doble clic en las interrogantes que, sabemos, tienen respuestas dolorosas. De continuar este ejercicio comprobaríamos que esta pandemia, al igual que otras crisis globales como la climática, afecta siempre de mayor manera a los más vulnerables, donde crudamente, los niños y niñas no se salvan, generando nuevas barreras de acceso al sistema.

Christopher, el chico citado en los primeros párrafos de esta columna, imaginaba su hogar teñido de colores terracota y eso lo hacía soñar con otros mundos, con otras posibilidades, todo debido al simple reflejo del sol a las tres de la tarde, que rebotaba en las dunas de su querida sierra. Este imaginario sólo era posible gracias al recorrido que debía hacer cada día entre la escuela a su casa, al terminar sus clases. Así como él, muchos niños y niñas hoy en día han sido también despojados del derecho de soñar, de utilizar esos espacios de contacto con el mundo real para viajar hacia otros más lejanos. Hoy esos niños y niñas están recluidos en sus casas, resolviendo guías –en el caso de los más privilegiados que cuentan con esos accesos- sin posibilidad de vivir aquellas experiencias sensoriales que el año pasado hacían a Christopher escribir palabras tan emotivas en “El eterno rondín”.

No es mi intención romantizar la pobreza poetizando sobre la ida a pie de un chico a su casa después de la escuela, sino que me gustaría relevar que los espacios para la creación pueden ser hallados en cualquier parte, siempre y cuando ese niño o niña cuente con las herramientas correctas para su desarrollo integral como ser humano, las cuales distan del currículum de educación tradicional actual, y hoy más que nunca podemos corroborar esta realidad, ya que frente a esta pandemia o a un futuro de similares condiciones ¿cuáles son las herramientas que más nos han apoyado para mantener a flote nuestra salud mental y la de nuestras familias? No negamos que la ciencia es una protagonista importantísima en estas condiciones, pero tampoco podemos afirmar que todos los estudiantes llegarán algún día a ser científicos ni todas las niñas serán médicas.

No es secreto que el programa educativo formal actual se enfoca únicamente en la conducción científico-matemática, dejando de lado la educación integral que pueda contemplar todo el ciclo de vida de un o una estudiante, que, a nuestro juicio, sería la ideal ya que no sólo consideraría su desarrollo como persona, sino que también el desarrollo de su núcleo familiar, a través de la entrega de un soporte sistémico y apoyo transversal durante su vida escolar. En ese sentido, ya veíamos que asignaturas como música, arte, filosofía e incluso historia durante los debates anteriores curriculares siempre eran puestas en cuestionamiento como aquello que debía ser disminuido del curriculum, asociándolo a condiciones científico-matemáticas. Hoy más que nunca, es justamente estas herramientas las que permitirían que Christopher y otros niños y niñas puedan soñar desde sus cercos de incertidumbres.

De esta manera hoy se instala el debate sobre la “educación online”, relevando voces que ven la “digitalización” como una oportunidad.  Se señala que el uso y valorización de la tecnología como método de enseñanza es lo que nos trae el futuro y que esta crisis podría ser el escenario propicio para probarlo. Aunque no disentimos de este pensamiento, creemos firmemente que hay muchos pasos previos que cumplir y que dan forma en el propio curriculum a una formación integral, pero también a una educación socioemocional de niños y niñas que incluye herramientas que hoy son necesarias para enfrentar esta pandemia.

La realidad tal como la vemos hoy, dista de que estemos cercanos a ello. Los avances siempre serán bienvenidos y de hecho los necesitamos. El mundo debe cambiar las formas que conocía hasta hoy, pero tal como lo dice el eslogan de los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030 de la ONU, dichos avances deben hacerse “sin dejar a nadie atrás” y pareciera que aquellas comunidades alejadas de los centros urbanos son las cuales van quedando atrás en el diseño de decisiones de políticas públicas.

En ese sentido, invitamos a las y los tomadores de decisiones en materia de educación, que cuando se diseñen políticas públicas que involucran a todos y todas, se deban considerar las altas desigualdades de origen en las historias de niños y niñas que hoy sólo pueden soñar con ese rondín de rojo andar en su camino a casa, pero que carecen de oportunidades concretas de cumplir sus verdaderos sueños, agregando una barrera de acceso importante con esa acción tan “´fácil” para algunos, que llamamos “un click de descarga” que da un acceso al nuevo mundo de inmediatez, sueños y diversidad “on line”, dejando fuera a todo aquel que carece del dispositivo, plan de datos o conocimiento digital, perpetuando lo que ya el curriculum formal realiza, la no inclusión de herramientas socioemocionales para todos esos niños y niñas. Así, la llamada oportunidad de digitalización en educación hoy vive dos grandes temas que abro a la reflexión: la réplica de un sistema de educación formal centrado en habilidades científico – matemáticas, carente de educación integral que abrace una formación socio emocional en les niñes y la barrera de acceso a esta digitalización para comunidades alejadas de los centros urbanos.

Una manera concreta de comenzar en el corto plazo sería repensar la educación a distancia y contemplar mecanismos efectivos para la inclusión de todas y todos en este formato. O dicho de otra manera, haciéndonos cargo de que los sueños de niños y niñas tengan un correlato dentro de sus propios territorios y que no sólo respondan a narrativas centralistas, urbanistas y clasistas, dejándolos nuevamente fuera de todo, cercados por una barrera que sólo crea más incertidumbre y tristeza. Y digo “haciéndonos” porque considero que la tarea no sólo recae en los hombros del Estado, sino que también en la sociedad civil organizada con llegada a esos territorios.

En nuestra fundación creemos firmemente que es ahí, en las alianzas público-privadas donde podemos encontrar el mecanismo adecuado, articulado y efectivo que buscamos para que nadie quede fuera. Entre todos los actores involucrados en el proceso psico-socioeducativo de niños, niñas, adolecentes y jóvenes de todas las zonas del país, podemos realmente cumplir sus sueños, sin perder la mirada de que la educación es y siempre será el mejor motor de lucha contra la desigualdad de origen.

Diego Poblete Mella
Director Ejecutivo
Fundación Juventud Emprendedora

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