Luego que se publicaran los resultados de la Prueba de Selección Universitaria (PSU), surge el debate en torno a cómo somos capaces de valorar y medir las capacidades de los jóvenes más allá de sus conocimientos. Aunque al momento de postular lo que vale son los resultados, el puntaje, las notas y los números azules, no se puede dejar de lado lo esencial: cuál es la actitud de los jóvenes en este nuevo proceso, qué los motiva y cómo son capaces de enfrentar su crecimiento personal y profesional.
Las respuestas a estas interrogantes son parte del proceso de aprendizaje de todo ser humano. Sin embargo, muchas veces el sentido profundo de las decisiones: el “por qué”, “para qué” y el “cómo” decidir, se dejan de lado para privilegiar la urgencia del “qué” decidir. El ahora ya.
La educación formal mantiene el desafío de desarrollar habilidades, actitudes y valores “diferenciadores” de competencias de desempeño, mal llamadas “capacidades blandas”, que son tanto o más importantes que las competencias técnicas o “capacidades duras”.
Este llamado al descubrimiento interno traerá sólo beneficios. Evitará tomar decisiones erradas en torno a qué carrera elegir y ayudará a dilucidar dudas vocacionales como resultado de un proceso que hace de los jóvenes personas más motivadas, perseverantes y felices, lo que sin duda es parte vital de esta nueva etapa de formación académica que marcará el desarrollo profesional e interno de los estudiantes.